Capítulo tercero – Del tiempo y las estrellas

 

A marzo de 2012 el invierno apenas se ha hecho notar, y, previsiblemente, las pasaremos canutas este verano debido a la escasez de lluvias. Hablemos del tiempo, mala conversación obligatoria a falta de algo mejor, en tiempos de desesperanza generalizada y de opresión permanente. Sí, el tiempo, algo que caracteriza nuestra existencia, la limita y la transforma, pero esta vez me referiré a él como la miga osada y prevalente de un disco de Carta Baladí.

Algunos temen al tiempo. ¿Será por eso que engullen cada experiencia en vez de paladearla?, ¿o quizás creen que atesorando experiencias en su haber puedan denominarse hombres de mundo, título indispensable…? Seguramente, este tipo de persona jamás se haya parado a observar el firmamento ni tampoco haya disfrutado del sosiego de la estancia sin espera, del ser sin poseer, del abandono de la acción para abrir la conciencia. Ellos se lo pierden, no obstante, en el metro, en el autobús, en el centro comercial…haciendo, perdiendo y abandonando muy a su pesar, mas siendo inconscientes de todo lo que ocurre al mismo tiempo y que quizás prefieren ignorar.

Vivir la vida no requiere conciencia, pero sí lo requiere que sepas disfrutar de ella o que no te conformes con lo que a todas horas te pretenden vender desde cualquier medio de comunicación y a toda costa, y, desde luego, que asumas un papel en todo este embrollo en el que te instalaron al nacer y sin preguntarte siquiera. Al fin y al cabo, todos fuimos nacidos de la enfermedad. Pero el hecho de no haber nacido libres no quiere decir que no podamos coger el toro de nuestra vida por los cuernos, para poder decidir por una vez, para sentirnos libres al reconocer nuestra propia ignorancia y nuestra obcecación víctima de una herencia biológica y social que nos predispone a cometer los mismos errores que nuestros ancestros. No todo en la vida son horarios que marquen la ruta a seguir, ni costumbres que indiquen presuntas razones inamovibles e inherentes al ser humano, ni convicciones que creíamos como propias pero que, sin embargo, no son más que ideas recicladas de un ambiente enrarecido por la coyuntura histórica.

Con Humilde Osadía no pretende ser otra cosa más que una llamada de atención a nuestro propio yo, porque hay veces en la vida en que hay que echarle mucho coraje para resistir los golpes, para volverse a levantar con el miedo todavía latente, para desprenderse de las propias creencias y mirar hacia delante con la sola intención de querer sentirse libre. Sólo necesitas noventa minutos mirando a las estrellas, a poder ser con los ojos cerrados y los oídos bien abiertos. A no ser… que juzgues de antemano esta obra y creas que vas a perder el tiempo. Ante eso, nada puede obrar la palabra.

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