Capítulo primero – de los cojones del destino

Allá por mayo de 2004, Javi, al que ya conocía de clases de guitarra, se me acercó para decirme si me apetecía tocar con él y con un coleguilla que, al parecer, tocaba la batería. Al principio, sabía que no podría resistirme a la tentación de formar un grupo de rocanrol, pero supuestamente esto sólo iba a ser un escarceo musical con gente a la que le apetecía divertirse con unas cuantas versiones (tocamos desde el jesucristo garcía hasta historia triste, pasando por los clásicos del rock estatal de Reinci, Rosendo, Piperrak, etc.). Esto, pensé, no puede hacerme ningún mal, así que quise probar qué tal se lo montaban esos chavales…

Pero al conocer a Dani me asaltaron las dudas: un niño de 14-15 años que apenas podía seguir el ritmo básico de una canción mínimamente punk y que me insistía en que hiciéramos una versión de Nirvana (yo, en inglés?? Si quieres, la tarareo, le contesté). Cada vez dudaba un poco más de que esto pudiera continuar para bien, pero supuse que, en realidad, si no me lo tomaba muy en serio, esto no tendría que afectar a mi salud. Sólo nos juntamos dos veces para tocar y nos olvidamos un poco del asunto.
Al cabo de unos meses y después de deliberar profundamente hacia qué rumbo quería dirigir mi vida (yo también era un chaval, qué os pensáis), decidí que, si bien no tenía más cojones que seguir estudiando bachiller, prefería ocupar mi mente con algo que la completara de verdad y eso, como bien sabéis, es musicar poesía. Tenía una treintena de canciones compuestas en letra y música y quería llevarlas a cabo en conjunto, y el modo más rápido que contemplé en aquel tiempo fue que Javi y Dani me ayudasen a medrar por el escabroso camino del rock nacional. Así se lo transmití a ellos, y ellos sólo tuvieron que concentrarse en intentar mejorar como músicos y, más tarde, sólo como artistas.

Fue por aquellos días cuando Pedro, al que ya conocíamos de clases de música y con el que ya había granjeado una buena amistad, se interesó por nuestro proyecto y se ofreció como nuevo bajista, además del taller mecánico de su padre como local de ensayo. Éste duró poco, unos tres o cuatro meses, pero fue lo suficiente como para mejorar y para entendernos entre los cuatro, para ir abriendo la mente y saber ofrecer, no sin un poco de esfuerzo, lo que de verdad necesitaba cada canción que traía al local de ensayo, entre cervezas, calimotxo de calidad y unos bocatas de embutido.
En cuanto se acabó el chollo del local de ensayo tuvimos que buscarnos la vida, tal y como hacen muchos grupos, ensayando cuando nos podíamos permitir pagar un local por horas en Madrid. No bastando con eso, Pedro abandonó al grupo y tuvimos que salir a la caza de un nuevo bajista, al que le gustara el concepto de música que practicábamos y que compartiera algunas de nuestras influencias, marcadas, sobre todo, por el rock nacional (Rosendo, Extremoduro, Mamá Ladilla, Platero y Tú, Eskorbuto, Boikot… ¿sigo?), aunque, por supuesto, también nos gustaban los clásicos (Led Zepellin, The Doors, Guns’n’roses, etc.).
Al fin, dimos con Néstor, si no recuerdo mal, en marzo de 2005. Lo cierto es que nos agradó bastante, a pesar de que nos pareciera un pijo bastante macarra (no, tío, que si yo hago un solo de guitarra, no empieces a hacer uno tú también…), ya que la prueba con otro “bajista” anteriormente nos había resultado un desastre. En definitiva, nos sentó como agua de mayo, así que intentamos tirar pa’lante en una edad muy confusa y por muchos motivos coartada (niño, ponte a estudiar, que vas a acabar pidiendo en la calle… y esa música que escuchas de drogotas y pendencieros te va a llevar a la perdición! Sí, mamá, el rock es cancerígeno…), dando la cara cuando podíamos, y unos más que otros.

A partir de entonces fuimos celebrando conciertos, cuando nos llamaban o nos lo permitían sin más: Madrid, Navarra, Logroño, Ávila… llegábamos, bebíamos, tocábamos, seguíamos bebiendo…
El proyecto avanzaba hacia su punto de cocción, poco a poco sentíamos cómo tocar sobre un escenario nos embriagaba más, e interpretar una canción se tornaba el único camino a seguir para poder ser felices, por muy triste y melancólica que fuera aquélla.

Durante estos últimos años, hemos grabado algunas maquetas (todas en directo y con muy pocos medios) que enviábamos a certámenes. Pocas veces recibimos respuesta, circunstancia la cual nos llevó a la determinación de que, evidentemente, necesitábamos un sonido decente para abarcar un público más o menos amplio. Más de una vez pensamos grabar en un estudio profesional, pero al final no se consumaba la maqueta, bien por falta de dinero o bien porque nos lo pensábamos demasiado.
Finalmente, en septiembre de 2007, Javi, que había cursado estudios de técnico de sonido, propuso que fuéramos nosotros mismos quienes auto-produjéramos no una maqueta, sino nuestro primer disco. Decidimos que no queríamos esperar a nadie que quizás tardara demasiado en aparecer o que, definitivamente, no apareciera. En pocos días planeamos el modo en que llevaríamos a cabo este proyecto, alquilamos algunos micros para grabar la batería y compramos una tarjeta de sonido, no necesitábamos más para crear nuestra primera obra musical: “…cómo?”.

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